Cádiz

Cuaderno de NNTT

Diario de clase

Viernes 2 de Noviembre del 2007

11/01/2008

No hubo clase debido al puente para celebrar la festividad de Los Tosantos.
A continuación voy a colgar un artículo que habla de dicha fiesta.

TOSANTOS, CHAQUETÍA Y RESPONSOS.

Antonio Murillo Agenjo

La palabra Tosantos hace referencia, en primer lugar, a la festividad de Todos los Santos, que se celebra el día 1 de noviembre, víspera del Día de Difuntos. Pero este primer significado fue perdiendo terreno con el paso del tiempo, y llega un momento en que pasa a significar de forma primordial los obsequios, preferentemente frutas del tiempo, que los niños recogían por las casas del pueblo la víspera del Día de Difuntos. La palabra tosantos pasa a identificarse, pues, con la palabra chaquetía, de la que hablaremos más adelante.

La fiesta de los Tosantos se celebra, o se celebraba, también en otros pueblos de las provincias de Badajoz y Cáceres, y en algunas zonas de Andalucía, pero con ciertas variantes en cada uno de ellos, siendo la comida campestre de niños y adultos la característica más frecuente en la mayoría de estos pueblos. En el nuestro, los Tosantos era fundamentalmente una fiesta infantil, aunque a veces participasen algunos adultos, y se celebraba en el pueblo y en las casas, en clara diferenciación con las romerías que se celebran en diversas épocas del año.

Íntimamente relacionada con la palabra Tosantos nos encontramos con la palabra chaquetía, que en muchos casos viene a significar lo mismo. La chaquetía eran las ofrendas que los niños recogían por las casas, frutas del tiempo, fundamentalmente: higos, nueces, granadas, membrillos, uvas, castañas..., y en algunos casos algo de dinero, pequeñas cantidades, claro está, que no estaban los tiempos para echar la casa por la ventana. Quiero aclarar que me estoy refiriendo a la celebración de los Tosantos a mediados del siglo pasado, en la década de los cincuenta. Para muchos de nosotros esto es algo que ocurrió ayer mañana, aunque comprendo que para un muchacho de quince o veinte años la década de los cincuenta quede tan lejana como la guerra de Cuba o la guerra de la Independencia, y eso que nosotros aún celebrábamos el 2 de mayo, aunque del levantamiento contra los franceses hubiese pasado ya más de siglo y medio.

Se ha escrito que la palabra chaquetía es una deformación de la frase “echa aquí, tía”, pero no estoy muy seguro de ello, por mucho que la palabra tía aparezca en los recitados que los niños iban repitiendo por las casas, como, por ejemplo, “si no echas la chaquetía, no eres mi tía”, que se decía en algún pueblo.

En cuanto a los orígenes de esta fiesta, pienso que hay que buscarlos en motivaciones de tipo religiosos, sin entrar en otros antecedentes profanos que pudieran darse, pero que no aparecen claramente probados. El día de Todos los Santos, los monaguillos, revestidos de sotana y roquete, con un portapaz, el acetre y el hisopo recorrían todas las casa del pueblo. Daban a besar el portapaz, rociaban la casa con agua bendita y pedían la chaquetía, pequeña gratificación por doblar las campanas en sufragio de los difuntos de la familia durante la noche de Todos los Santos, víspera de Difuntos. Y hay que reconocer que la gente era muy generosa, pues el recuerdo y la veneración de los difuntos ha sido algo muy serio en nuestros pueblos, y nadie negaba un donativo pedido en su nombre. Al toque de ánimas, es decir, a la caída de la tarde, comenzaban los dobles de las campanas de la torre, donde los muchachos, entre doble y doble, iban dando cuenta de higos, nueces, granadas y otros añadidos.

Era un día triste. Cerrados los bares, amortiguados los ruidos, ausente cualquier tipo de fiesta o diversión, el tañido fúnebre y lastimero de las campanas era evocación y recuerdo de los parientes que habían fallecido, algunos quizá en fechas muy recientes. Las campanas, con sus toques de gloria o con sus toques de doble o a rebato, siempre marcaron la vida de los pueblos. Quiero recordar los dobles quejumbrosos de las campanas el día que trajeron al pueblo a los carbonerillos quemados, a los que vi, gateando por una ventana, tumbados en la mesa del archivo de los juzgados, en una casilla de la calle Claveles. Aunque esta historia la he contado tantas veces, que ya no sé si ocurrió en realidad o me la he inventado.

Pero llegó un momento en que ya no sólo eran los monaguillos, sino que todos los niños del pueblo se echaban a la calle a pedir, puerta por puerta, el aguinaldo tosantero, con el recitado monótono de “la chaquetía que se va el día”. Y así, la fiesta de los tosantos o de la chaquetía se convirtió en una fiesta popular.

Este mismo día, por la tarde, se celebraba la membrillá, una de las tradiciones más curiosas y originales, lógicamente ya desaparecida. Muchachos, niños casi, se reunían en la casa de algún familiar, o de alguna casamentera, por qué no decirlo, para atiborrarse de membrillos cocidos, que habían recogido por las casas. Y después venía el emparejamiento. Yo recuerdo con cierta nostalgia y cierto desencanto al mismo tiempo, y a pesar de los años transcurridos, las mebrillás en la casa de La niña de Celestino, que en paz descanse. Y es que aquellos emparejamientos eran tremendamente clasista, como no podía ser menos en los años que corrían. Los niños ricos con las niñas ricas y las niñas pobres con los niños pobres, aunque después anduviésemos todos juntos. Todos los años lo mismo. O eso me parece ahora, cuando han pasado los años. Después, la vida se encargaría de depararle a cada uno su pareja y su destino. A mí me fastidiaba. No es que no me gustase mi pareja, que lo mismo no me gustaba, sino que era odioso que otros te dijesen con quién tenías que emparejarte. Pasaron las membrillás y los emparejamientos, y pasaron los años, y no volví a ver a aquella niña hasta trece años más tarde, el mismo día de su boda.

Al alba terminaban los dobles y comenzaban las misas por los difuntos. Tres seguidas. Mujeres enlutadas, arrebujadas en sus mantones. El suyo era un luto que había comenzado muchas veces en su juventud y ya no se quitarían nunca. Ni siquiera medio luto o alivio de luto. Nada. Hombres, con chambras negras o grises y que no volverían a pisar la iglesia hasta el año siguiente. Pero ese día era sagrado, porque el culto a los muertos era algo tan arraigado y tan profundo que eran muy pocos los que se atrevían a olvidarse de ellos y no honrarlos ese día. No olvidemos que estamos en el año cincuenta, a poco más de diez años del final de una guerra que había unificado comportamientos, aunque no siempre ideas.

A media mañana los responsos. En el cementerio el cura con capa pluvial negra, un monaguillo con la cruz parroquial o manguilla y otro con el agua bendita y la hucha. Y delante de cada nicho un familiar esperando, una fila, a lo largo de todo el cementerio. “Cinco rezados y dos cantados”, por ejemplo, indicaba el familiar. Y el cura repetía, de una forma cansina, una vez y otra los mismos responsos. Cientos de responsos. Hasta el agotamiento, en la recacha del cementerio en un día soleado del comienzo de noviembre. Cuando pasaba el tren de las dos, aún se oía en el cementerio el canto del Líberame, un responso en latín, claro está, que era el que más se repetía. Una peseta los rezados y tres pesetas los cantados. Ese era el precio o la limosna por responso. No es que fuese una gran cosa, aunque se tratase de una peseta de aquellos años. Lo llamaban “la matanza del cura”, posiblemente porque aquellos responsos daban para un cochinillo, aunque de poco peso. Aquella tradición tenía que desaparecer. Y desapareció. Con el disgusto de algunos, es cierto, demediada la década de los sesenta, los responsos, que ya eran a tres pesetas los rezados y a cinco los cantados, pasaron a la historia. Como pasaron los entierros de tres capas, o los entierros de primera, de segunda y de tercera. Con el disgusto de algunos también. Pero con la alegría de muchos, que vieron cómo desaparecía una de las prácticas más injustas y más discriminatorias de la Iglesia.

Pero los tosantos y la chaquetía no debían haber desaparecido, aunque el paso del campo a la ciudad terminó con juegos, fiestas, leyendas y tradiciones, como las fiestas de quintos, el día del marqueo, un poco bestias, es cierto, los quintos y las fiestas, cuando los oías cantar toda la noche aquello de “Si te toca, te joes, que te tienes que dir, que tu madre no tiene para librarte a ti”. O la fiesta del remate de la recogida de la aceituna, aquellas buñolás donde corría el vino en abundancia y la sensualidad estaba a flor de piel.

Desaparecen los Tosantos y en las ciudades los hijos de emigrantes celebran el “jalogüin” americano. El día que en los pueblos se celebre también el esaborío “jalogüin” de los yanquis, que me temo que ya se celebra, ese día se podrá decir que el pueblo de nuestra infancia y adolescencia ha desaparecido.

Sevilla, febrero de 2004

webgrafía:http://aguasnegras.iespana.es/tosantos.htm


http://cadiz.cuadernosciudadanos.net/vanessavf/2008/01/11/viernes-2-de-noviembre-del-2007/
2 Comentarios - Enviar comentario

Comentarios:

  • 1. ¡Qué bueno que comenzaste tu blog con mi artículo Tosantos, chaquetía y responsos!

    Publicado por: Antonio Murillo | 23/01/2008 22:59:38
  • 2. Pues la verdad es que aunque no tuvimos clase aquel día, pues se me ocurrió la idea de colgar algún artículo sobre dicha fiesta y entre los que estuve mirando por la web, fue el de usted el que me pareció mas interesante, así que lo felicito y le agradezco que me haya comentado en mi blog. Un saludo.

    Publicado por: Vanessa Villa Faraudo | 12/02/2008 12:10:56

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